Mi Morfeo
Anoche quise escribirte, pero ya era tarde. Pasaba de la medianoche y yo
me debatía si debía mandarte un mensaje o no. Me reí por las noches en
las que no lo pensé y simplemente lo hice. Pero las cosas cambiaron.
¿Cambiaron, verdad? Al final me dije que te escribiera, que no habría
problema porque ya sabes lo terriblemente espontánea que soy, pero pensé
-incluso con el mensaje escrito- que ya no tenía ese derecho, que ya no
podía escribirte a mitad de la noche sólo para decirte que te quiero,
que ya no era la dueña de tus sueños para irrumpir en ellos, que no
debía quitarte horas de descanso sólo por un antojo de mi corazón. De mi
caprichoso corazón. Anoche quise escribirte, dibujarte una sonrisa en
los labios y -quizás, sólo quizás- alegrar tu día, pero entre el jurado,
protagonizado por la razón, y el juez que resultó ser mi conciencia, me
han negado tan atrevida petición. Para resistir mis impulsos y
satisfacer mis caprichos: hurgué en mis recuerdos. Salté de la cama y
encendí la luz, recogí esa caja de madera que guardo en el armario y
tomé un viaje en el tiempo; habían fotos, tantas que se me hizo
imposible contarlas, notitas de mis amigas, regalos de amores pasados y
tú. Si, tú estabas en una pequeña caja en mi armario. Estaban tus
sonrisas regadas en todos lados, estaba esa foto que te tomé mientras
creías que jugaba con mi teléfono. Luego miré alrededor y me levanté
exaltada: no sólo estabas en mi cápsula del tiempo, estabas disperso en
toda mi habitación. Encontré tus miradas acostadas en mi cama, tus
cosquillas en el suelo -junto a mí-, tus sueños en mi almohada, tus
palabras rebotando en las paredes, los atisbos de tus risas guindados en
mi espejo y tus besos aún persiguiéndome en el armario. Todas las
notas que me pasabas cuando estábamos rodeados de gente -y cuando
estábamos solos- estaban apiladas en un compartimiento especial de la
caja, recordándome que alguna vez me dijiste que me dabas escritos
porque tus palabras eran demasiado reales y sinceras como para decirlas
en voz alta y que jamás las recordara, que de esta forma siempre que lo
quisiera estarían allí para mí. Amontoné en un rincón tus abrazos en las
noches y tus besos de buenos días, tus melodías y tus risas, tus
rabietas y caricias. Mi cuarto se plagó con palabras no dichas, pero
entendidas. Con sentimientos no expresados, pero sentidos. Con abrazos
no al cuerpo, sino al alma. Y con un extraño sentimiento que vagamente
se parecía a la felicidad y a la aceptación. Si, anoche quise
escribirte, pero no dejaba de sonreír y de pensar lo ilógico que es que
haya guardado tanto de ti y tú no estés aquí; así que con una sonrisa
tonta en los labios, albergada allí por tantos recuerdos, y un desastre
extravagante en mi cuarto me fui con un Morfeo sospechosamente parecido a
ti a la tierra donde todavía gozo de tus abrazos y te robo besos, a la
tierra donde siempre seremos eternos.
Magnífico. En el fondo y en la forma. Te felicito
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