Él era exactamente lo mismo que los demás, solo que un día, decidió volverse casualidad y encontrarme. No pretendía volverlo mi mundo, solo mi pronombre favorito, uno tan general que solo pudiera resumirse en un infinitivo de silencios, un sentido a todas esas preguntas inútiles que me guardaba debajo de la ropa. Nunca pude definirlo como un momento en concreto, nunca le entendía ni pretendía hacerlo, supongo que no importaba el como lo leyera, siempre había un punto en el que sabía como escribirme y yo creía destruirlo como a nadie. Si lo quería, era aquí, conmigo. Si decidía irme, era para que me buscara, y me dictara a voz lenta sus ideas para encontrarme. Llegó a ser lo más insoportable que pude haber sentido, un miedo que escoges para sentirte bien contigo mismo, una línea que te repites para comprobar que la cordura no es una cualidad que sepas manejar a la perfección. Alcanzó a ser un todo, una imagen que me inventé como respuesta a cualquier cosa, un intento ridícul...